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Microrrelato ganador de la edición 2021

“¿Su vida de azucar?” de Ismael López

Dulce lleva demasiado tiempo mirando por la ventana sin ver nada.

Sus lágrimas nublan cualquier atisbo de realidad. No puede enfrentarse a ella, tampoco quiere. 

Está sola, tiene frío y muchos años.

El chico del supermercado sube la compra una vez por semana; educado pero distante.

Una sobrina procura que tenga toda la medicación que necesita. Más que una sobrina parece un expendedor. Siempre tiene pastillas, pero ni una sola dosis de cariño.

Llaman a su puerta:

—Buenos días, soy la nueva vecina. ¿No tendrá usted un poquito de azúcar?

Es lo más cordial que ha oído últimamente, aunque sea detrás de una mascarilla.

Una endulza el café y la otra su amarga existencia.

Seis días después, su sobrina encuentra a Dulce exánime frente a la ventana; ya ni mira ni llora.

Deja una tenue sonrisa dibujada en su rostro y diez kilos de azúcar en la alacena.

Mejor relato abulense​ 2021

Olor a humo” de Begoña Jiménez

Mi hija no quería meterla en la maleta el día que me trajo aquí, pero yo me las apañé para colársela en un descuido.

Las monjas arrugan el hocico cada vez que entran en la habitación porque debe olerles raro y yo me hago el tonto.

Hoy, el de al lado lleva un rato aporreando la puerta. Tío loco. Se cree que lo sabe todo y cuando le llevas la contraria, se arranca la boina y se lía a bastonazos contra el suelo.

Pienso largarme. He visto cómo esta mañana sacaban a tres cubiertos con una sábana blanca…pero yo tampoco puedo abrir la puerta. Me uno a mi vecino y la golpeo con fuerza mientras zarandeo el picaporte, pero nada. Otros hacen lo mismo y vocean.

Entonces, me siento en la cama y abrazo mi vieja chaqueta escondida. Me huele al humo de la lumbre que dejé en mi casa.

 

Microrrelato ganador de la edición 2020

“Nautupi” de Ánzoni Martín

Los muertos llegaron en masa a la playa. Cuerpos tumefactos, teñidos de muerte purpúrea, fueron arrastrados por las olas hasta arribar a la arena ante la mirada indiferente de los bañistas de Nakupenda. Aquellos náufragos inertes  se amontonaban en la orilla sin guardar la distancia de seguridad legal ni usar mascarilla.

Todos eran de procedencia europea, pero debíamos agruparlos por nacionalidades para establecer un control estadístico. Aquí, en Tanzania, el origen lo ponemos nosotros, a nuestra manera,  atendiendo a sus rasgos faciales y a la constitución. Nos dejamos guiar por el nautupi, el susurro de los dioses, una intuición especial heredada de nuestros más sabios ancestros. Relleno otra ficha. Este último debe ser español, ha llegado con un botellín en la mano.

Mejor relato abulense​ 2020

“Cervezamancia” de Maria Eugenia Hernández Grande

Al igual que unos predicen el futuro en los posos del café, un día descubrí que yo tenía la habilidad de leer los restos de la cerveza. Mejor en vaso de caña que en pinta; más fácil en tercio que en botellín por la anchura del culo de la botella; más interesante si el lúpulo provenía de una rubia que tener que adivinar las andanzas de una negra fermentada. Me hice famoso en todos los garitos con una adecuada estrategia de marketing y un rótulo en neón rosa que hizo mi amigo “Chapas” y que colocaba a mi vera en la barra del bar de turno. “El origen lo ponemos nosotros”, rezaba el susodicho anzuelo del que me valía para atraer a mi clientela. Aunque todo tenía truco, con una cerveza en mano todos los tertulianos me contaban sus penas, yo sólo tenía que decirles lo que necesitaban escuchar.